La alimentación y el tabaco

A estas alturas los hay que habrán desistido de sus propósitos de año nuevo, también estarán aquellos que se propusieron dejar el tabaco y aún mantienen su promesa… ¿y la pérdida de peso? Pues de todo sucederá con la dieta.

 

No es extraño encontrarnos ante una situación cuanto menos frustrante; se trata de realizar dieta para adelgazar y al mismo tiempo liberarnos del hábito del tabaquismo, pero no encontrar resultados (o conseguir una respuesta mínima) en nuestro peso corporal.

 

Y es que se suceden varios mecanismos que pueden llegar a impedir la pérdida de peso, o peor aún, ir aumentando kilos poco a poco sin hacer grandes excesos en la mesa. Estos procesos pueden ser fisiológicos (relacionados con nuestro funcionamiento biológico)  o emocionales (como la ansiedad).

 

A nivel psicológico, el estrés que produce la falta de nicotina, la ansiedad que desencadena un acto como tener un cigarrillo en la mano o el insomnio que se puede ocasionar al abandonar el tabaco, puede provocar que la comida se convierta en una aliado con cierto efecto placebo, ya que se busca en los alimentos la sensación de placer o calma que entonces proporcionaba el cigarro.

 

Pero no es éste el único motivo por el que existe una tendencia a ganar peso en este proceso; las personas fumadoras cuentan con un metabolismo basal ligeramente mayor que aquellas que no poseen este hábito, ya que el tabaco produce cierto efecto termogénico, es decir, provoca un gasto de calorías mayor que si no se fuma habitualmente. Al abandonarlo, el metabolismo se reduce levemente y por tanto, se gastan menos calorías diarias.

 

La nicotina y el resto de sustancias toxicas del tabaco afectan de tal forma a nuestro organismo que disminuye el trabajo del aparato digestivo, provocando que la asimilación de los alimentos sea peor, al igual que la propia digestión, reduciendo así el apetito.

 

Esta perjudicial práctica también actúa a nivel hormonal ya que la nicotina provoca una secreción de ciertas hormonas como la adrenalina o dopamina, que regulan el estado de ansiedad y el apetito.

 

Por todo esto, cuando un fumador decide dejar de serlo, sufrirá algunos cambios en su organismo, a nivel digestivo, hormonal y emocional, que le dificultarán le pérdida de peso si éste es el objetivo, o sin realizar cambios importantes en su alimentación, probablemente gane un poco de peso.

 

Sin embargo, a pesar de este pequeño riesgo, si no sucumbimos a las tentaciones alimentarias para saciar nuestras ansias, que seguro existirán al potenciarse la capacidad olfativa y gustativa y mejorar las digestiones, ni los kilos de más son una excusa ni existe la certeza de que este efecto secundario se vaya a producir, ya que lo que sí se ganará con certeza al renunciar a este hábito es salud.

 

Podemos encontrar aliados en los alimentos que nos ayuden en este difícil proceso; los frutos secos, cereales como la avena, el plátano o las ensaladas pueden favorecer la relajación. Pequeños trozos de frutas, hortalizas o yogures nos ayudarán a combatir momentos de ansiedad.

 

No debemos “caer” en un mal hábito para combatir otro, como consumir un alimento azucarado en el momento en el que anteriormente se consumía el cigarrillo y es de gran ayuda evitar rutinas que recuerden al tabaco, cambiandolas por otras (en vez de café y sobremesa tras la comida, dar un paseo, por ejemplo).

 

Además de una alimentación saludable, el ejercicio físico regular favorece la pérdida o mantenimiento del peso corporal, ayuda a combatir la ansiedad y el estrés y `perfecciona la conservación de un óptimo estado de salud.

 

Degusta 4 Febrero 2017

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